Reflexiones de un hombre anónimo parte segunda

Reflexiones de un hombre anónimo

Parte Segunda
Ángel Medina

No hay texto alternativo automático disponible.Cuando me miro al espejo y busco gustarme, más allá de lo que veo, observo mis cabellos que se mecen al compás del viento, mostrándose que se hacen más escasos; mi arrogancia ahoga a cualquier humildad; mis pupilas escudriñantes, como las de un ave de presa desean confiar en sus propias fuerzas y al tiempo desconfían de sus posibilidades. Mirada serena y a la vez fisgante; los labios se mantienen expectantes, frescos y mustios a la vez, porque estando hechos para la caricia, en lugar de recibir una catarata de mimos ha de contentarse con la sequedad que resquebraja su fina piel, de los que brota la poesía más tierna, y a veces, esos versos, constatando la realidad, se tornan en dagas que se clavan sobre la epidermis de mi perceptibilidad…entonces, soy consciente de la palidez extrema; mis ojos, reflejos del alma arrojan cúmulos negros de tristezas; mi boca queda semi abierta, proclamando la sed de ser enjugada por un rosario de ternuras; las greñas se me enmarañan y toda mi epidermis se torna tensa, como un salvaje que ha perdido la esperanza; así, mis pupilas que quieren mostrar la bondad y lo agradable, se transforman en negras madrigueras de serpientes que arrastran su vida por el fango de los lodazales. Y clavando la mirada en lo que contemplo, se me antoja que el espejo me devuelve la imagen riéndose de quien se la proporciona.

Triste destino el mío: soportarme, sin soporte. Sin un punto de referencia donde hacer coincidir el peso de la carga. Porque… ¿no será esto lo que he de procurarme? ¿No tendré que encontrar un punto de inflexión en el cual descargar mis frustraciones? ¿No podría encontrar un atisbo de certidumbre, si fuese capaz de establecer un diálogo con mi otro yo, en lugar del soliloquio conmigo?

¿Cómo liberar mi cuerpo y mi alma del tormento? El cuerpo, de las pasiones que anhelo y necesito, de la embriaguez del vino de la vida, savia que riegue mis arterias más vitales; mi alma, haciéndola descansar en una creencia, más allá de lo efímero del mundo.

¿Cómo transmutar, como hacían aquellos hombres del Medievo, que buscaban convertir el metal en oro, transustanciándolo, es decir, que el oropel que me brinda la vida, si no soy capaz de transformar sus quilates, al menos resulte una aleación que no turbe más mi ánima y me haga aceptar tal cual es mi existir, procurando modificar lo que sea posible, consiguiendo que el resultado sea una ecuación que atempere mi ánimo? ¿Será, acaso, que he apuntado demasiado bajo y la flecha se pierde en el arco, en lugar del infinito cielo al que señala?

Continuará…
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